sábado, 21 de octubre de 2017

Sectas - Prevención




Prevención

Hay medidas de precaución que pueden ayudar a evitar que, sobre todo los jóvenes, sean captados por las sectas. Cuando hay un familiar en una secta lo que hay que mantener, por todos los medios, son vínculos externos a la secta con el adepto. Antes o después le harán reaccionar. Es el hilo conductor para luego volver y rehacer su vida.
Cuando es una persona mayor su programación está más asentada. Se suele fijar por un desarraigo de más intensidad. En el caso de una pareja el problema desemboca en la separación matrimonial. El problema que se plantea entonces es la custodia de los hijos. No romper lazos es una medida básica para tratar de aplicar asistencia técnica con especialistas. Esta labor está muy desprestigiada y caricaturizada por parte de las sectas.
Las medidas para prevenir la actuación de las sectas destructivas comprenden dos apartados: 
 A ) Familiar.
 Es necesario hablar del tema para que los jóvenes sean conscientes del problema de las sectas. Pero en sus justos término, no con morbo. Que lo conozcan de una manera sensata, pausada y razonada.
Evitar la angustia es imprescindible. No asustar con las sectas porque cuando alguien se encuentre con los que las representan ante la sociedad verá que son encantadores y se sentirá engañado. A primera vista es infundada la sensación de que sean de temer. Un joven no entendería que metan miedo en un lugar lleno de armonía y paz. Lo que quiere decir que no reconocerá la secta.
 Conviene que se conozcan las técnicas de persuasión y la manera de funcionar de este tipo de organizaciones. La destructividad de una secta no es tanto un lugar como un sistema de manipulación.
No hay que obsesionar al hijo sobre que a cualquier lugar que vaya, va a haber una secta escondida. Tal actitud puede convertirse en hábito y en la secta se sentiría identificado, sólo cambiaría el contenido de su fijación. No se trata de hacer que desconfíe de todo sino de que sea precavido.
El diálogo es fundamental. En la campaña publicitaria contra la droga se demuestra que la alarma a la sociedad o a la población potencialmente predispuesta a sufrir el problema sirve para muy poco. Lo mismo que decir «no». Se puede caer en una deformación del problema. Hace falta una base sólida que facilite el desarrollo de la personalidad y estar avisado de lo que puede suceder para saber reaccionar. Para lo cual hay que hablar de las cosas, exponerlas y ver diversos puntos de vista. Al mismo tiempo sentirse acogido entre los demás. La idea central de la nueva campaña es «dialoga con él. Escúchale».
La comunicación ha de ser abierta. Sin imponer criterios. Advertir de los peligros. Al crearse un clima de confianza se evitará la condición fundamental de la secta:  el secreto. «Los Amadores» advierten a sus seguidores guardar silencio, porque fuera hay muchos demonios. Pero hay casos en que, cuando madre e hija se contaban todo, al ser captada la chica comenzó a ocultar su introducción a la secta. Lo cual hizo entender a la madre que su hija había dejado de ser ella misma. Los padres no deben fiarse de las buenas o malas apariencias de los monitores, pues éstas engañan. Hay que respetar las amistades de los hijos.
Crear expectativas de cómo deben ser pueden llevar a que amigos perfectos y ambientes ideales escondan una relación manipulada. No conviene dirigir la vida de los hijos o querer imponer actitudes a la pareja. Al querer sobreponerse uno de los cónyuges a tal relación se encuentra apoyado por la fuerza interior que despierta en él la secta y luego acaba atrapado por ella.
No educar en la desconfianza sino en la crítica. Que aprendan a relacionarse con los demás. Las dificultades de comunicación y convivencia hace que se busquen situaciones protocolarias que luego se convierten en situaciones ritualizadas. Posteriormente se incluyen en ceremonias en las que una persona de carácter tímido se siente a gusto. En tales moldes de conducta se sabe y establece de antemano lo que hay que hacer y cómo responder a los demás. Primero uno se deja llevar y luego se siente bien, lo que la secta utiliza para sus fines. Evitar cargar negativamente a la persona con la que se trate: «eres tonto»; «no sabes nada de la vida», porque en la secta le van a recoger en este papel psicológico y le van a hacer superarlo, haciéndole sentirse superior y bien. Lo mismo si se le alaba en exceso y se le convierte en objeto de presunción de los padres. Son las actitudes extremas las que facilitan que una secta actúe, porque el temperamento de la persona es mas fácil de ser atraído.
 Educar en la solidaridad es un buen criterio para evitar hacer a los hijos el centro del mundo. Las sectas saben llegar al punto débil de las personas e identificarse con ellas para, progresivamente, hacer que cada individuo se identifique con el líder. Convierten al que van a atrapar en protagonista, hasta que le enseñan el camino de la humildad. Cuando un joven deja de ser el centro de atención en su vida cotidiana, porque tiene que empezar a vivir por sí mismo y dejar el amparo paterno, se siente alabado y satisfecho cuando en su entorno dentro de la secta se representa la misma actitud de amparo y protección.
Ayudar a los demás es la mejor medida para ayudarse a uno mismo. Al pensar en los problemas del Tercer Mundo o cualquier otro no se está esperando a que otros vengan a sacar a uno las castañas del fuego. Una tendencia de depender de otro permite ser arrastrado por movimientos grupales o de masas que esperan o siguen a un salvador. Las sectas sitúan a éste fuera del mundo para escapar de la realidad.
Hay que estar abiertos a la crítica y participar en los problemas de las circunstancias de cada cual. La relación entre el individuo y la sociedad es mutua. Los defectos se pueden cambiar y surgirán otras cuestiones que deberán ser puestas en tela de juicio. Una actitud pasota y rutinaria permite caer en trampas que presentan cursos de meditación sobre propuestas para cambiar la vida y, efectivamente, se cumple pero a costa de transformar la personalidad de quien se hubiera creído el reclamo. Cuando se ha sumergido uno en el fanatismo no se le puede convencer de nada porque el fondo en el que se arraiga la doctrina o idea no es racional. Es consecuencia de un impacto emocional que han fabricado en la secta mediante técnicas de control mental.
Participar en las labores y decisiones familiares es positivo para aprender a tener criterios propios. También para sentirse útil y no tener la sensación de que se sobra en casa. De otra manera se hace seres pasivos a los vástagos. Se aburren por todo, nada les gusta porque son caprichosos. Nada les estimula. Son prepúberes consentidos que consiguen las cosas infantilmente con el chantaje emocional. No pueden resolver los asuntos por sí mismos. Es el caldo de cultivo perfecto para la personalidad que buscan las sectas. Su oferta es dar un sentido y un atractivo a jóvenes que sienten la plenitud al ver cubiertas una serie de carencias psicológicas o ven la oportunidad de hacer realidad sus sueños uniéndose al delirio de la secta, en la que un chaval proyecta su ilusión. Por eso los jóvenes de carácter idealistas son atrapados con facilidad.
Es importante no ceder a todo lo que piden los niños y niñas. Sobre todo en una sociedad de consumo como la nuestra. Las cosas pierden su valor. Tienen la validez de su uso efímero. No todo se puede conseguir. Hay que educar en el sentido de saber asumir y superar fracasos y frustraciones. Tanto afectivas como económicas. Es recomendable enseñar que uno no siempre se sale con la suya y menos cuando es a costa de los demás. De lo contrario el joven acabará queriendo la luna y nadie se la podrá conseguir, excepto, alguna secta que le hará creer que sí. Previamente se tendrá que preparar.
B ) Educativas.
 El modelo de enseñanza en nuestra sociedad se basa fundamentalmente en saber cosas. Se preocupa muy poco de hacer conocer y educar los sentimientos. Resulta que son los cimientos de la satisfacción humana, en relación con los demás, con los logros materiales y con uno mismo. Es la facultad que permite disfrutar de lo que se tenga, mucho o poco, de lo que se hace y de lo que se es.
Vivimos en una sociedad que tiene de todo y se siente insatisfecha. 
 Las sectas no abordan a personas tontas o que estén mal de la cabeza, sino a las que controlan los sentimientos. Vivimos en una cultura donde no se expresan las emociones. Si alguien toca la fibra sensible logra efectos espectaculares. Si la sensación que produce activar las emociones se vincula a una doctrina sus enseñanzas se acaban sintiendo.
La desviación de tal carencia se manifiesta en hacer de los sentimientos un espectáculo cinematográfico, mediante canciones hechas para vender, o en los culebrones. Ante tal situación los telepredicadores logran emocionar y consiguen sus fines. Son capaces de sacar el dinero a su clientela, no por lo que dicen sino por cómo lo dicen. Quien paga se siente gratificado porque no sólo es la manera de vivir algo que la sociedad ha atrofiado sino que el orador le da un sentido trascendente.
La enseñanza debe introducir criterios participativos y críticos. Fomentar el desarrollo de la personalidad. Educar desde la autoestima y la responsabilidad. Muchas reacciones violentas en la sociedad suceden como respuesta mal aplicada a las frustraciones y a sentirse mal con uno mismo.
Se da la sensación de que sobra mucha gente: medidas de selectividad, numerus clausus, paro y demás. Uno busca refugio en un lugar en el que se le haga sentir imprescindible. Las sectas hacen que cada adepto se sienta necesario para la causa. El fanático se siente tocado por la Verdad, un elegido.
Las sectas no deben hacernos pensar exclusivamente en criticarlas o denunciarlas. Si funcionan es porque algo falla. Es cierto que la sociedad nunca va a ser perfecta, utopía ésta que es común de todas las sectas. La condición es que sea cada una de ellas la que domine el mundo. El ritmo de enseñanza en colegios e institutos provoca fobias, angustia, aceleramiento, no únicamente psicológico sino cardíaco. Son estados mentales que dejan huella en el organismo. Se vive el período académico, por regla general, con miedo y ansiedad. Consiste en pasar de un examen a otro. Se demora la vida afectivo-sexual comprometida, sin criterio que la haga asumible sino que se vive como una imposición social. No se cuestiona, ante la imposibilidad económica de poder tomar una decisión por uno mismo. El problema del paro dilata además esta moratoria.
¿Qué ocurre? Que un lugar que se presenta como un remanso de paz, un lugar que nada exige, en un principio, sino creer en un líder y hacer lo que le digan y en donde con sólo obedecer se le van a solucionar todos los problemas, y que así lo percibe porque aplican una serie de trucos sobre el afectado, se convierte en la panacea. Vale para todo. Se valora como el no va más porque permite huir y no afrontar el reto de la libertad, de ser uno mismo y de superar los problemas de la vida. La secta se convierte antes que nada en un paraíso psicológico.
Cuando se sale de una secta sin preparar una nueva visión del mundo ni se desmonta la programación, se suele volver. Se intensifica el grado de fanatismo para demostrar al resto de los compañeros que vuelve de verdad. Se ampara en que ha comprobado lo malo de mundanal ruido. No sólo le desagrada, además no logra adaptarse. Si no recupera su personalidad original el vacío existencial lo llena exclusivamente la doctrina de la secta, que se ha encargado de provocarlo para luego ocupar, con su doctrina, la nueva personalidad, de manera que el adepto lo entiende como un estado de plenitud, de liberación o de devoción.
La sociedad en la que vivimos es muy competitiva. Nos educan para subsistir en ella. El precio que paga el que triunfa es muy caro. Llegar a las metas del éxito depende de factores fuera de su control. Vivir esta actitud, que se reduce a imágenes de los medios de comunicación, es lo que hace que muchos personajes famosos militen en sectas destructivas, así como personas que ocupan cargos públicos. Sobre todo en las que hay connotaciones de tipo psicológico y un culto a la mente.
Aquellos que se quedan en la estacada fraguan en su interior resentimiento y rechazo hacia la sociedad. Actuar metódicamente contra la cultura y el mundo tal como ofrece la secta atraen a quien fracasa económicamente y afectivamente, porque encaja con la demanda de un sector de la población que busca una respuesta a su insatisfacción. Esta base psicológica se observa en los colectivos que apoyan la violencia, independientemente de su ideología, que no es más que una excusa. Los criterios de la enseñanza deben orientar a pensar. Enseñar a aprender, a tomar decisiones, a desarrollar la personalidad, a amar.

 («La peor enfermedad que acecha hoy en día al mundo occidental no es la tuberculosis o la lepra; es el hecho de no ser deseado, de que nadie nos ame ni se preocupe de nosotros. Las enfermedades físicas pueden curarse con medicinas, pero el único remedio para la soledad y la desesperación es el amor.» Camino de sencillez, p. 91. La madre Teresa de Calcuta. Ed. Planeta 1997).

A veces se ha planteado que faltan nociones y actitudes más férreas en materia religiosa. Que hacen falta valores y principios más fuertes en la moral. Sí es necesaria más cultura, y también más cultura religiosa, pero imponer unos principios de disciplina firme no sirve porque se rompen en un momento de crisis y luego se invierten. Las sectas suelen tener como paradigma del mal y enemigo a la iglesia católica. En sus filas se integran muchos exmiembros de ella identificados con el modelo psicológico de atacarla de manera furibunda. Aunque no tenga una base real no importa, porque lo que impulsa los anatemas que lanzan es la venganza. Lo mismo ocurre con otras religiones cuando las sectas se desarrollan en donde sean prominentes.  
 Es imprescindible dar un valor personal a la creencia, razonar sobre lo absoluto, filosofar y dudar para sentar la creencia. Quienes se han educado en la intolerancia suelen encontrar la «liberación» en grupos de lo más extraño cuyo fundamento doctrinario no es más que un apoyo psicológico para atentar, al menos con su comportamiento, contra los que le han tratado de dominar. Sin embargo esta actitud psicológica no es detectada por quienes la sufren, que intentan siempre dar explicaciones de tipo teológico o mesiánico interpretando textos de las escrituras sagradas.
La información en la sociedad sobre el tema de las sectas debe ser una labor concienzuda, basada en datos y con criterios de enseñar qué son. No hacer de las noticias un espectáculo y de la información lo mismo. Cuando por intereses de conseguir audiencia se centra el tema de las sectas en tragedias y el morbo sobre conductas anómalas de alguna, las demás se esconden en tales cortinas de humo para hacer su trabajo diario, cuyo resultado es anular la capacidad individual y social del sujeto, porque aunque esté integrado aparentemente no disfruta de su mundo y lo sufre. Con las discusiones como espectáculo, que son frecuentes en cadenas de radio y televisión, se benefician las sectas al relativizar el término «secta» y emplearlo para cualquier organización o institución, o amparando el lavado de cerebro en la libertad de quienes son mayores de edad.
Informar a los ciudadanos es la base de la libertad. Porque sólo se puede decidir algo cuando se conoce del principio al final cómo es, cómo funciona y cuáles son sus consecuencias. No se puede centrar un mensaje en un titular llamativo para atraer la atención, porque se acaba confundiendo más que aclarando a la opinión pública.

 El Parlamento Europeo aprobó una resolución sobre el problema de las sectas (28-II-1996) en la cual insta a los Estados miembros a buscar estrategias para informar sobre las sectas destructivas.

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miércoles, 18 de octubre de 2017

Las sectas son una estafa





Las sectas son una estafa


 Cuando un exadepto descubre cómo ha funcionado la secta, entiende que ha sido utilizado como mano de obra gratuita. Que sus actos han sido guiados y manejados sin darse cuenta. La sensación de haber sido un tonto y de haber hecho el ridículo se apodera de uno. Se vive como un secuestro mental, como una violación de la personalidad. Contra ello no se puede hacer nada porque no hay pruebas de que se le obligase a hacer lo que hizo.

Al pasar un tiempo desconectado de la secta, física y siquícamente, al antiguo miembro se pregunta, extrañado de sí mismo, «¿yo he realizado eso?». No se lo puede creer. Piensa «¿cómo es posible que me haya creído esos planteamientos?». Estas son expresiones comunes de personas que han salido de organizaciones destructivas de la personalidad. Cuando ha pasado mucho tiempo se recuerda de manera distinta aquella estancia a lo que se rememora de antes y de después de haber pasado por la secta.

El editorial del boletín n° 24 de AIS-Projuventud recoge unas declaraciones del coronel Moris, experto en el problema de las sectas destructivas: «El progreso de las ciencias, relacionado con la psique, ha permitido descubrir métodos muy eficaces para obtener la destrucción de la autonomía de las conciencias para esclavizar mejor al hombre». Entiende que a las acusaciones de lavado de cerebro «habría que añadir que se trata de una violación psíquica, pues se invade el inconsciente y se sustituye una ideología por otra diferente». Concluye afirmando que «manipulación, violencia y engaño permiten la esclavitud psicológica del individuo y su adhesión a una ideología que el adepto no ha escogido».

Las sectas son un fenómeno que si no se ha sufrido se suele interpretar mal. Se oye decir en ocasiones «él se lo ha buscado ». Puede que en parte así sea, pero el aspecto de estafa y abuso debe ser conocido y comprendido. Sobre todo si se quiere tomar en serio el tema y aplicar medidas que desactiven los efectos dañinos de las sectas y el fanatismo.Recuperar el sentido de lo inmediato es lo primero que debe atender quien deja el mundo cerrado en el que se ha encontrado. También tomar la decisión de afrontar lo malo y lo bueno de las circunstancias. Por regla general los que han sufrido este problema se vuelven hipercríticos. Son luego muy observadores.

 Cuando alguien deja la organización a la que ha entregado todo su ser siente un desgarro. Luego debe aprender a pensar por sí mismo y atreverse a tomar decisiones. Quien fue un adepto descubre que los que eran amigos íntimos no le dirigen la palabra. Aquellos que le atendieron altruistamente hablan mal de él y le insultan sin motivo, porque a ellos nada les ha hecho personalmente. Si tuviera una tienda y fueran a comprar a ella dejan de hacerlo sin mediar el más mínimo comentario. Se da cuenta que él ha hecho lo mismo con otros. Es entonces cuando se ve que todo fue una farsa, una representación cuyo guión es la doctrina. Descubre que a los miembros de la organización no se les valora ni trata como individuos ni por ellos mismos, sino en cuanto que son piezas de un engranaje que forma parte de la secta. Si se deja la secta es como si no existiera el antiguo compañero. La persona como tal no cuenta, sino que es valorada en cuanto a su función en la secta.

Como sujeto, el adepto no vale nada. Al dejar de serlo es cuando se percata de que todos tienen un parecido asombroso y que él tiene todavía ese tic sectario. Se percibe la programación como algo que se encuentra dentro de uno. Se siente miedo ante la amenaza psicológica que funciona en la soledad de uno, «¿y si fuera verdad?». Los antiguos amigos de la secta dejan de entenderle, de ser camaradas y se encargarán de recordarle su compromiso. De azuzar el miedo. Tratarán de hacer que sucumba para que al verse perdido sepa que no debió dejar nunca la organización.
La insistencia malévola de algunos miembros, ante el que se va, da a entender que se concibe al adepto como una inversión. Hay que tomar medidas porque el peligro es que pone en entredicho los fundamentos doctrinarios. No se puede consentir que alguien abandone, ya que supone un fallo de la verdad. Por eso se encargan de desacreditar al traidor que ha sido, vencido y poseído por el Mal. Se le llama para que recapacite y los que siguen siendo miembros le dejan muy claro que no descubra los secretos o de lo contrario propondrían pagar el karma o recibir el castigo de Dios.

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martes, 17 de octubre de 2017

Salir de una secta - La desprogramación




Salir de una secta - La desprogramación I

 De la misma manera que no se entra en una secta de carácter coercitivo, tampoco se sale de ella. Los que abandonan tienen que romper precisamente con la programación. Librarse de esas ideas exige un tiempo. Hay que conocer el grado de fanatismo que se ha padecido, reconocerlo en uno mismo y recuperar su personalidad original. De lo que se sale no es de la secta, sino de un estado mental o psicológico que aquella indujo. Generalmente hace falta un apoyo exterior para poder sacar al adepto de la mentalidad que ha adquirido. En ocasiones este proceso lo vive uno por sí mismo. La programación se puede desactivar cuando observan ciertos abusos que no encajan con el programa que ha sido inculcado.

Suele ocurrir con antiguos miembros que no han actualizado los ajustes del lavado de cerebro. Observan que cuando quieren explicar su punto de vista otros compañeros no le entienden, porque a estos se les ha adiestrado en consonancia con los nuevos acontecimientos. Lo que ocurre en estas ocasiones es que, si se deja la secta pero se mantiene la programación, se crean escisiones o se hacen otros grupos de las mismas características, sólo que con otra interpretación de la doctrina madre.

Puede suceder que los comentarios hechos desde fuera, si se hacen con tacto, dejen huella y se recapacite sobre ellos. Sucede algo parecido a lo que son los virus informáticos. En el caso de las sectas estropean el programa del cerebro de un adepto.
La desprogramación consiste en desactivar el fanatismo en un breve período de tiempo. En cualquier caso supone un golpe emocional para el sectario. Se sufre mucho. Se siente tal desesperanza, tal vacío que se piensa en el suicidio como única salida.

Plantearse la posibilidad de dejar una organización de fanáticos no es fácil, además de las presiones de los compañeros, muchas veces con chantajes afectivos, uno debe superar su dependencia a ser como le han hecho ser. Desde luego nada tiene que ver con apuntarse a un club de fútbol y dejarlo, o cambiar la cuenta corriente de un banco a otro, o dejar la militancia en un partido político.

En una secta no se cambia la opinión sino la personalidad. Se va a ella con alegría o con problemas pero se abandona con angustia o incertidumbre. El adepto debe reconstruirse como persona. Necesita un apoyo externo que le acoja. También necesita que alguien le entienda. Él mismo debe comprender lo que le ha ocurrido y superar el sentimiento de culpa. Al salir del entorno de la organización ve que debe encontrarse con la realidad. Se requiere un período de adaptación. Al no funcionar el programa mental, porque se desactiva, se ve el mundo de otra manera.

En el boletín n° 28 de IAS-Projuventud, Jan Carol Ross escribe unos versos, en el poema «Amanecer postsectario », que son significativos por cuanto retratan la sensación que se tiene al dejar una secta:

¿Dónde he estado?
¿En un sueño?
¿En un delirio?

Lo básico para dejar una actitud fanática es dudar. Pensar por uno mismo sobre los contenidos que una creencia ofrece. Precisamente es lo que la técnica de una secta hace que se evite. Por eso discutir con un adepto fortalece su empecinamiento y le afianza en seguir en sus trece. En un enfrentamiento se atrinchera. Dialogar y dudar junto a él le puede llevar a plantearse ciertas cuestiones y no seguir los criterios del líder a ciegas. Sucede que si desde fuera se actúa como la secta y no se siguen las expectativas que ésta crea, en cuanto que va a ser rechazado o incomprendido, el efecto de la programación no se afianza.

Cuando se participa de lleno en un secta cualquier criterio crítico se vive como debilidad. El adepto sufre cuando piensa sobre posibles errores o falsedades. Se siente culpable y se castiga. Alejarse de su ambiente sectario supone dejar lo que hasta entonces le ha dado la felicidad y la paz interior. Tampoco se sabe lo que se va a encontrar fuera después de haber estado desplazado mucho tiempo. Aún estando convencido un exadepto de que donde ha militado es una secta destructiva, durante unos años, queda un resquicio de desasosiego.


Hay recaídas en las que se necesita volver. Se da un sentimiento contradictorio de odiar a aquellos que han abusado de unas técnicas manipuladoras en su beneficio y por otra parte querer hablar con ellos, acudir a los que preparan con actos. Es cuando se percibe que se está enganchado a la doctrina. Tiene el «mono», ansias de seguir en la organización. Cortar con tal dependencia exige una decisión tajante. No sucede de repente. Se abre un proceso para poco a poco desmontar la programación.

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